CUANDO MENOS ES MÁS


El primer día de vacaciones de mis peques tomé una determinación:

"No quiero que los niños estén horas y horas delante de la tele" . 

A Jul, mi marido, le pareció una idea estupenda, aunque pude ver en su mirada un destello de desconfianza en el que creí leer...

 "A ver cómo te lo montas dos meses en casa mano a mano con los enanos, teniendo que trabajar y sin tele"

Tengo que decir que, como buena tauro que soy, a cabezota no me gana nadie. Para lo bueno y para lo malo.

El plan de acción que elaboramos consistía en que podrían ver un ratito la tele después de cenar. Un día verían una película de dibujos en español al día siguiente en francés.




Dos días de lloros, quejas y lamentaciones (que parecieron siglos) y... Voilà. Todo comenzó a fluir, nos sentimos artífices de uno de los mayores logros de nuestra existencia. Dejaron de ansiar la tele y empezaron a jugar juntos, separados, revueltos y "sin revolver".

Esta única decisión provocó un aluvión de momentos positivos:

Una maravillosa curiosidad por los libros (animándome a sacar tiempo de debajo de las piedras para leer, al recordar lo que disfrutaba hace unos pocos años haciéndolo).




Horas y horas haciendo el cabra al aire libre.



Momentos para visitar.


Días de pícnic.





Tiempo para crear.



Ahora me doy cuenta de que antes de poner en práctica nuestro plan de acción, cada vez que los peques se plantaban delante de la televisión sin control sentía que había algo que se apagaba en ellos para el resto del día. No sé si era la imaginación, la energía o ambas. 

El caso es que desde que ven menos la tele mis peques están más felices, con ganas de hacer cosas y con mucha imaginación al poder. Y todos en casa hemos agudizado el ingenio y ahora nos conocemos más.






Así que cuando me preguntan qué ha sido lo mejor de este verano, respondo:


¡¡¡HEMOS APAGADO LA TELE!!!

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